lunes, 10 de marzo de 2008

De rotas

Para ser y sentir, si no son lo mismo, no basta con vivir. A veces es preciso morir alguna vez para saberse vivo. La vida que llevamos en los ojos es fruto de las vidas que nos hemos roto con las manos. La vida que nos rompe sin romperse, que queda tras los despojos de lo que hace con nosotros, es la vida que ama hasta los errores, la que teme, la que crece en la sombra, la que nos lleva a nosotros. El camino de aquello que hacemos en busca de quien queremos ser en soledad. Esa que después de haberse roto volvemos a levantar con mimo. Aquella que nos queda cuando no nos queda ya nada. Lo que un día de juicio eterno tengamos en el corazón, eso que habremos de dar con absoluta pureza. La vida que tenemos es una sonrisa que no oculta sus fracturas, que lleva la marca de la plenitud, una sonrisa que hemos de regalar a todo lo vivo, a nosotros. Un haz de luz que por amar y por amar tanto algún día se ocultó por querer amar también las cosas del otro lado. Y así como el rayo de sol que vuelve tras la nube para iluminar con una fuerza eterna pero nueva, así nosotros volvemos a iluminar y a iluminarnos después de habernos quebrado, con una fuerza y unas ganas de amar eternamente resucitadas.

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